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ANIMALES ARTIFICIALES




Mayo 2008-Pudimos comprobar que, realmente, somos unos bichos sin solución, por más que nos queramos socializar.


El nuevo estreno, en Madrid, de Ana Vallés, viene a decirnos lo que realmente somos: animales, o al menos, que las ganas de convertirnos en uno de ellos no nos faltan. Quien más quien menos, en algún momento de su vida, ha anhelado, pretendido, o deseado convertirse en un animal para, ya sea pasar desapercibido, ser comprendido por alguna actitud, o simplemente saber qué es lo que puede guiar las acciones de los animales.

'Animales artificiales' trata sobre la empatía y el equilibrio entre, lo que queda de nuestro animal, y los mundos artificiales de la sociedad en la que habitamos. Se da una eterna contradicción entre la pasión y la norma, el instinto y la razón. Por un lado, somos seres más o menos sensibles, y a menudo lo expresamos espontáneamente, incluso nos llegamos a comportar como verdaderos brutos.

La nueva obra teatral reivindica al máximo la necesidad de mostrar nuestros sentimientos, nuestras pasiones y deseos; nuestra sensibilidad, al fin y al cabo. Y eso mismo se lleva a su teatro dando lugar a una escena sin artificios.

En busca de eso, de ver a personas/actores, sacando su lado más animal sobre las tablas, acudimos al estreno de “Animales artificiales”, en el teatro Fernán Gómez. Ni qué decir tiene, que el teatro de hoy en día, de vanguardia e innovador, a veces, se da de tortas con lo que nuestro cerebro nos deja entender, y si además mezclas eso, con gente que simulan ser animales, u otros bichos más inalcanzables aún… el resultado puede ser lo nunca visto.

Y así fue, pudimos contemplar, desde que se levantó el telón, algo que, en la vida, nos hubiéramos imaginado. Un cúmulo de escenas, de sketchs, de números, sin orden ni conexión, sin reglas ni normas, que llenaron los 100 minutos que tenía de duración la función teatral. De repente veías una chica con dos melones, como aparecía alguien con una peluca rubia, que sabías era hombre porque estaba tal y como su madre lo trajo al mundo. Y eso cuando no veías a alguien enumerando versos de algún erudito o a un chico con bigote, que emulaba a una mujer, de lo cual, si no leías el programa de mano, no te enterabas. Y qué me decís si os digo que salió un varón andando sobre dos sillas, y todo aderezado nada menos que por la voz de un contratenor.

De lo mejor de la función, sin duda, y coincidiendo con mis compañeros, era la actuación, en cualquiera de sus apariciones, de José Campanari. Con su físico, su manera de actuar, y su seriedad para mostrar momentos de los más graciosos, se metió el público en el bolsillo. La verdad es que, ver a un caballero entrado en carnes, que sale a escena arropado, únicamente, por un abrigo de pieles de señora y unos brillantes zapatos rojos dueños de un tacón de vértigo es, cuanto menos, para arrancarte una sonrisa. Pero ya, cuando se sienta en el sofá a lo maja de Goya… la cosa es para partirse durante un rato.

Hay que reconocer que, en comparación con muchas obras teatrales, ésta es aburrida precisamente porque, como no hay nexo entre sus escenas y nunca sabes con lo que te van a salir después, con números estrafalarios, raros, extraños… antes que estar con el gusanillo de qué es lo que vas a ver, estás deseando ver algo coherente, que te haga comprender algo de lo que ves, o te recuerde a lo que venías a ver, un animal.

En cada momento, te salen con cosas diferentes, bailes rarísimos, aunque muy buenos por cierto, llegando a un abstracto de grado máximo, en el que te ves envuelto y que, si no procuras comprender, acabarás por ser una víctima del desencanto.
Otro de los mejores momentos llegó cuando, aún sin saber si era realidad o parte de la ficción, alguien desde el patio de butacas dijo: -no se oye-, en medio de un soliloquio de los que se marcaba Mauricio González, quien muy profesionalmente subió su tono y lo tomó con una sonrisa, dando lugar a una breve conversación con el patio de butacas. Como digo, no sabemos si era parte de la función, porque cosas más inverosímiles y raras habíamos visto.
En definitiva, toda una obra de arte abstracto y vanguardista para dejarte KO desde que te sientas en la butaca por lo absurdo de su puesta en escena. No apta para quienes son seguidores del teatro de toda la vida, dividido en varios tiempos y con escenas entreligadas.

Y, por último, nos quedamos con una frase dicha por uno de los protagonistas del elenco:
-“Nos comportamos como si fuésemos observados”-, que viene a decir que, estamos acostumbrados a que, en cualquier momento de nuestra vida social, hay alguien que nos mira, ya sea por la calle, en el trabajo, o en casa. Siempre somos víctimas de la juzgadora mirada del prójimo y, quizá por eso, nos comportamos como nos comportamos, dejando a un lado lo que realmente nos gustaría hacer: sacar nuestro instinto animal, del cual sólo es testigo, cuando nos encontramos con ella, la intimidad.

LO MEJOR:
- José Campanari
- La música
- Los bailes
- Algunos golpes de humor

LO PEOR:
- La falta de argumento
- Algunos sin sentido excesivos
- Los diálogos

NOTA FINAL: 2/5: PRESCINDIBLE

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