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LOS OCHENTA VIVEN




Crítica a El rey de Bodas, el nuevo musical del Teatro Nuevo Alcalá


Hace diez días que tarareo, irremediablemente, la melodía de un tema semi-desconocido en el mundo musical, mucho más centrado en Webbers, Menkens o Schönbergs varios. “Tu futuro empieza hoy y tú eliges por amor, una nueva vida para siempre”... estas son las palabras que me atrapan y me hacen dar el do de pecho en la ducha, la oficina, o los pasillos de este edificio en el que vivo, tan alejado del diseño ochentero.

“El rey de Bodas” fue una sorpresa, (además de la condena a ese mágico y pegadizo tema principal), un bofetón inesperado a una mente, y a un corazón, que comenzaban a sentir el cálido abrazo de la comodidad y lo deliberado, del “aquí no hay nada nuevo” o el “ya lo he visto todo”.

En primer lugar, la concepción de El rey de Bodas (The Wedding Singer, en su original, estrenado, hace apenas un año, en Broadway), no suele ser la de un musical de los llamados “normales”. Aquí no se engaña a nadie con fastuosas historias, giros argumentales, magia a espuertas, efectos especiales y monumentales escenarios. El Rey de Bodas, en su propuesta, es un musical sencillo, agradable, ameno, sin más pretensiones que las de divertir y hacer pasar, al público, tres horas agradables de teatro. Basado en la comedia romántica “Un chico ideal”, adapta su historia con gran acierto, consiguiendo, de un argumento en ocasiones insulso, un guión repleto de divertidos gags, originales propuestas escénicas, y personajes dotados de un carisma excepcional, si tenemos en cuenta lo simple de la historia contada. Tal vez el principal lastre de El rey de Bodas sea, precisamente, esa historia de la que hablamos, demasiado plana para rellenar tres horas de diálogo y música, pero, por otro lado, magistralmente resuelta.

En segundo lugar, hay que mencionar la partitura de Chad Beguelin, con enormes aciertos cuya pretensión, de nuevo, resulta muy alejada de otros grandes musicales, centrada más en divertir que en deleitar, en resultar pegadiza que en resultar obra maestra, en transmitir todos los sonidos de los años ochenta (rock duro incluido) que en parecer atemporal. A mi juicio, un trabajo resuelto de manera ejemplar (y si no, que se lo digan al continuo tarareo del tema principal que, aún, mientras escribo, resuena en mi mente). Los temas son divertidos, frescos, pegadizos, acompañan, en todo momento, al hilo argumental (no hay ninguno que sobre, ni se echan en falta más), todo está pensado en su justa medida.

Pero, lo que, de lejos, resulta más admirable de esta producción, es el elenco de actores y actrices que lo encabezan, dirigidos magistralmente por John Rando, en un alarde de profesionalidad y buen hacer. Naím Thomas (quien, por cierto, ha borrado del currículum su paso por “Operación triunfo”) resulta un Robbie, no solo convincente, sino divertido, carismático, con quien es difícil no empatizar, Naím luce brillante voz y sorprendente interpretación de un papel que, pese a lo que pudiera parecer, se antoja el más difícil de toda la producción. María Adamuz luce con ese brillo especial que convierte lo normal en mágico, y nos deleita en cada una de sus apariciones, haciendo, de su personaje, uno de los más queridos y aplaudidos por el respetable. Silvia Casanova demuestra, a su edad, altas dotes de profesionalidad cantando e, incluso, bailando, en un alarde de buen hacer y experiencia, que ensombrece cualquier “pero” que pudiera haber en escena. Mención aparte merece el que, a mi juicio, resulta el mayor descubrimiento, la sorpresa más agradable de todo el montaje: María Ángeles Virumbrales, bellísima voz, prometedora interpretación, dulzura y simpatía, en un personaje para no olvidar, (pese a que su rol de Julia, sea de los más sencillos y planos de todo el elenco principal). El resto de actores y actrices, ensembles y cuerpo de baile merecen alta nota, sin desmerecer, en absoluto, a los protagonistas, firmando unas coreografías perfectamente implementadas (ojo al número de “El dólar es tu dios”, uno de los mejores coreografiados que he visto en muchísimo tiempo), así como unos secundarios que cumplen la bis cómica de todo el producto, y, aún más importante, unos coros potentes y bien resueltos.

Las escenas se alternan con continuos cambios de decorado (ninguno excesivamente vistoso) y de luz, que otorgan ritmo y creatividad a la escena, sin resultar, eso sí, dignos de nota. El rey de bodas no engaña: salvo la sorpresa, a modo “flashdance”, del primer acto (no diré más, para los que aún no la hayan visto), no presenta ningún elemento escenográfico digno de mención, y lo hace, incluso, auto-parodiándose, como puede leerse, entre líneas, ante el efecto del avión, al final del segundo acto (tampoco diré más, por el mismo motivo que antes). Sí que sorprenden e, incluso, impresionan, los continuos homenajes a los grandes de los ochenta: canciones al estilo The Cure, e incluso Kiss, coreografías inspiradas en videoclips de Madonna, e incluso el gran homenaje al Thriller de Michael Jackson, tal vez el máximo exponente de una década que, gracias al Rey de Bodas, aún permanece viva sobre las tablas de un escenario. ¡Larga vida a los ochenta!

LO MEJOR:
-Los protagonistas
-La música
-La dirección
-Las coreografías

LO PEOR:
-El escenario y las luces son muy sencillos
-El sonido
-La historia es muy predecible.

CALIFICACIÓN FINAL: 3,5/5: MUY RECOMENDABLE

Esteban García Valdivia

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