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NOS SUBIMOS A UN PIANO VERDE… SI HAY HUECO




Crítica del nuevo estreno que Millán Salcedo ofrece en el Infanta Isabel: “Yo me subí a un piano verde”.


Un enorme y moderno piano, capaz de albergar dentro de sí lo más insospechado, con unas escaleras que permiten mil y una utilidades, iluminado por una intensa y protagonista luz verde; una pantalla improvisada cuya finalidad es la de proyectar videos y dar a acompañamiento imaginario al artífice de la idea, y un fondo únicamente aderezado con diminutas bombillitas blancas a modo de tímidas y anónimas estrellitas, dejando percibir una de esas muchas noches que pasamos en vela. Todo esto transformado y entonado por el pianista que presta su indudable genio y hace cobrar sentido a la función. Son los elementos que, cada noche, desde el pasado día 15 de abril, acompañan a Millán Salcedo en su espectáculo “Yo me subí a un piano verde”, o rojo, o azul, o incluso de lunares, la cosa es subirse a algo.

Se trata de un monólogo de una hora y media de duración, en la que el afamado humorista y actor recorre, a modo de biografía, los mejores momentos, protagonistas, y acontecimientos de su vida. Transcurre en el contexto de un piano-bar donde las emociones, recuerdos, simpatías, complicidad, sonrisas y las canciones fluyen casi sin darnos cuenta. Como suele pasar con este tipo de retrospectivas, el artista no está solo, sino que es agradecidamente conducido y guiado por las notas del piano, las que despierta la inestimable mano del pianista que se sienta ante el instrumento, César Belda.

Quizá la idea del espectáculo sea algo indefinida, pero una vez que te sientas en el patio de butacas te dejas llevar para comprobar qué es lo que vas a vislumbrar. Poco a poco te vas dando cuenta de eso, lo que he dicho, que se trata de un popurrí de ideas, de anécdotas, de cosas…. Que han ido y venido en la cabeza del artista a la hora de escribir el guión del número y que han sido metidas en el mismo sin una relación muy armónica entre ellas. Una sucesión de sketchs en los que el humor se respira continuamente, por todas las esquinas del teatro se escuchan risas y, a más de uno, se le consigue arrancar una carcajada, pero la conexión, el nexo de unión entre ellos, queda bastante liviano. Va dando saltos de un tema a otro, siempre por medio de la infalible arma de la risa y, quizá por ella, queda más diluida esta desconexión entre las distintas piezas. Piezas, algunas de ellas absolutamente desternillantes porque, algo innegable, es el genio del cómico y su capacidad de tener ideas que volcar en unas tablas para hacernos pasar un rato ameno y divertido. Números como el de la crítica a los gps, el homenaje al collage o a su tierra, son de los favoritos del show, ya no por la imaginación que derrochan sino por el gracejo y simpatía con la que el artífice los muestra.

Otro de los aspectos más notablemente vagos del acontecimiento es, sin duda, el de la puesta en escena. Millán aparece prácticamente solo, sin olvidar el pianista, que está sentado la mayor parte del tiempo, pero sin un compañero de faena, sin nadie que le complemente a la hora de montar los sketchs o le guíe como lazarillo para llegar a buen fin. Se echa en falta, en muchas ocasiones, la compañía de un adlátere que haga las veces del segundón, de guardaespaldas o de refuerzo del actor principal. Y es que una hora y media de monólogo con el mismo actor, se le hace pesado a cualquiera. Como contertulio le sirve Belda, pero queda demostrado que, en lo suyo, es un gran profesional, pero como humorista le queda mucho camino que recorrer, pues no tiene ese desparpajo, esa gracia, en definitiva ese don que la vida entrega a unos más que a otros para servir de comediante, humorista o incluso bufón (en el buen sentido de la palabra) y hacer al público pasar un rato divertido y alegre. Unas veces el pianista, otras la pantalla, son los únicos amigos con los que se puede tropezar el actor, por lo que no se ve con obstáculos ni con ayudas, según se mire, a la hora de llevar a cabo la actuación.

Lo que es manifiesto y hace al espectáculo tener un buen pedigrí es el engranaje de los elementos, la disposición de ellos al servicio de la función y la factura técnica. No se puede negar la calidad que posee. La cutredad, como diriá Millán, no tiene cabida en esta función.

En definitiva, si eras un fan de Martes y 13 y lo que buscas es pasar un buen rato de risas, pasarlo bien y quedar con buen sabor de boca, es tu espectáculo. Rememorarás tiempos pasados, con el homenaje a la Nochevieja, además de ver que, el artista Millán Salcedo, sigue siendo el mismo de siempre y, por muchos años que pasen, su gracia, su exclusivo humor y sus gags, siguen siendo los mismos.


LO MEJOR:
-El pianista al piano
-Los sketchs
-El ingenio de Millán Salcedo
-La calidad del espectáculo

LO PEOR:
-La conexión entre los sketchs
-La falta de un acompañante humorístico

CALIFICACIÓN: 4/5 IMPRESCINDIBLE

Ana Isabel Auñón

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