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VIAJE AL ESCENARIO




A menudo, no nos damos cuenta del peso específico que la ambientación de una escena tiene en el resultado final de la obra.


Estoy sentado en mi butaca de terciopelo rojo junto al pasillo de tránsito por el que suben y bajan acomodadores uniformados y espectadores desorientados. Alrededor, la gente murmura y sonríe, pudiéndose escuchar aquí o allá una crítica avanzada sobre el espectáculo que en unos minutos va a tener lugar.

Nadie parece prestar atención al enorme escenario enlutado con telón negro y paredes desnudas. Suenan notas dispersas de la orquesta que afina… pero nada deja de recordar a un teatro corriente. En el fondo, pese al nerviosismo o inquietud de ver una obra esperada, no es más que un teatro donde me encuentro: con un telón normal, paredes normales, un publico normal… y una butaca normal.

De repente un humo blanco escapa entre las cortinas y se constata como única luz en una sala en penumbras. La música lo invade todo… y, de repente, ya no estoy en el teatro. Sin telón, sin paredes, sin butacas… Dos horas y media después me atrevería a jurar que no había teatro, que todo era un sueño. Yo acompañaba a los actores… de hecho, durante dos horas y media, habría dejado de pensar en mí, habría olvidado el yo para hacer mía la acción que presenciaba, para pasear junto a la protagonista por una campiña o sentir la humedad y el frío propios de un castillo que vivió tiempos mejores…

Ambientación, atmósfera, decorado, escenografía… hay tantos nombres para este viaje sin movimiento… Desde el teatro clásico ya hay muestras de vestuario específico y decorados incipientes que enmarcaran el transcurso del libreto.
Es curioso cómo muchas veces el recuerdo de una escena se queda grabado como si fuera el de una película: sin público ni escenario; sólo los actores interactuando en un paisaje con música de fondo.

Por ello, si pudiéramos extraer el peso del ambiente escénico y compararlo con el del guión o la actuación en sí, quedaríamos sorprendidos ante la fuerza que éste primero ganaría pese a haber pasado desapercibido función tras función.
Sin embargo, sí que es notable su peso. No hay más que esperar unos minutos a la salida del teatro para escuchar comentarios del tipo: “¡Qué trajes tan bonitos! ¡Parecían totalmente de época!” o “No se distinguía nada con esas luces tan oscuras”.
Y es que, por tendencia general, la atmósfera del teatro no se aprecia en su conjunto, pero sí sus, digamos, expresiones más concretas, como las luces, el decorado, la transición de escenas, el vestuario, el maquillaje, la adecuación de la música, los cada vez más frecuentes efectos especiales…

Sin embargo, toda esta complicación de labores, este despliegue de medios (basta con ver el número de encargados técnicos figurantes en los folletos) sirven todos a una misma causa: crear un ambiente propicio para la actuación y reforzar las impresiones dramáticas.
¿Qué sería de la Bestia sin su castillo? ¿Y de M.C. sin su escenario de cabaret berlinés? No puedo imaginar un Romeo recitando a una Julieta sin balcón o a un Fantasma sin Ópera…

Pero sobra decir que no siempre es necesaria una escenografía tan prosaica, con un árbol donde tiene que haber un árbol. No es raro, y menos últimamente, encontrar un escenario negro con un panel blanco y sólo tres focos en lugar del despampanante escenario que la compañía podría permitirse. Aquí sigue habiendo atmósfera. Nadie ha intentado desvanecerla, pero puede ser positivo llevar la trama a un espacio más intimista o psicológico, que requiera de mayor concentración en la escena, o que exprese un sentimiento claro. La obra Marat-Sade transcurría entre montañas de ropa blanca y Samuel Beckett es un autor que tiende al minimalismo escenográfico… De momento estas tendencias austeras no han sido abrazadas por el mundo musical pero, ¿quién sabe?

La ambientación es, pues, esa atmósfera que se nutre de los elementos técnicos para conseguir que pierda su condición de tercera persona y pase a tener una vida propia dentro de la historia, para que entienda el movimiento… para que presencie escenas realistas o para que la mente del monologuista reverbere en la suya propia.
La ambientación es, pues, el cuerpo de la obra.


Javier de la Morena Márquez

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