febrero 11, 2021

A CHORUS LINE

A CHORUS LINE

Todos contra el espejo

Pasa en la vida, como en las flores, todos tenemos penas de amores, dice el tango… Por esa línea transita el hilo detrás del hilo de ese clásico de Broadway con libro de James Kirkwood Jr. y Nicholas Dante, letra de Edward Kleban y música de Marvin Hamlisch, estrenado en 1975 y llevado al cine en 1985 por Richard Attenborough que ahora reestrena en Buenos Aires Ricky Pashkus en el Teatro Astral. A Chorus Line es más que un musical emblemático, es un descarnado cruce de teatro y realidad. Es lo que vemos, y lo que no vemos, cada vez que se abre un telón. Más allá del brillo, de la apoteosis desatada por ese susurrado pero firme One… del número final, el corazón del musical está en el espejo, esa única, demandante e imperturbable escenografía sobre el escenario, y en lo que allí ven reflejado cada uno de los protagonistas y, por qué no, de los espectadores. Porque las butacas también se integran al casting: en un costado se acomoda el director, el selector que, con naturalidad, irá revelando arte y parte de cada postulante para su información y la del público, asistente privilegiado a esa suerte de terapia de grupo. De eso se trata la pieza, de lo que pone en juego cada candidato en ese tiempo limitado en el que tiene que mostrar lo mejor de sí, sin fisuras, sin dudas, sin sorpresas. Intentando mitigar esos puntos frágiles que justamente son los que quiere sacar a la luz el director. Por eso los pone en el centro de la escena por separado. Por eso los pone frente al espejo a todos juntos. Atrás y adelante, modelos y seguidores alternadamente. Con su coreógrafo como mediador. Necesita que ese coro sea un solo cuerpo, y si no se miran a sí mismos, si no se miran en conjunto, nunca lo serán. Porque el espejo no sólo devuelve lo que hay sino también lo que falta. Con más acento en la fragilidad, en la frustración, la intención, que en la ambición, la competitividad, y el éxito, esta versión parece buscar iluminar ese otro costado del mismo proceso.

Contundente, ganó el Premio Pulitzer en 1976 y nueve Premios Tony en 1976, la historia tiene el tempo perfecto, cruza drama y musical con suavidad o intensidad según exija la tensión del momento. La puesta en el Astral respeta ese espíritu y consigue dar el buscado testimonio de la experiencia visceral que puede ser una audición para los postulantes: el desfile de personalidades e historias en la obra intenta sacar a luz un buen repertorio de casos y sobre el escenario los actores lo reflejan. Roberto Peloni como Zach impone oficio y voz en su rol de director, agudo y hasta a veces  despiadado mientras va desenredando la madeja de cada personaje, con la asistencia atemperada, cuidadosa y dedicada de Larry, su asistente coreográfico, un impecable Gustavo Wons. Todo el elenco tiene su momento de lucimiento y lo aprovechan con creces, sin excepción. Desde Val, la esclava del “10 en técnica y 3 en apariencia”, hasta Diana y “lo que hizo por amor”, pasando por Cassie, la bailarina veterana, la que está de vuelta e incluso tuvo una relación mal cerrada con Zach, que lucha por un lugar en el coro porque no busca ser solista, busca “volver al mundo de los vivos… lo único que necesito es la música, el espejo y la oportunidad de bailar…”  Mención aparte merece la dirección musical de Gaspar Scabuzzo, en una puesta muy bien integrada, con intensidad, intimidad y explosión en su justa medida expresiva, apoyando la idea central de la puesta que es descarnar la humanidad del proceso de selección; descubrir las aristas que en algunos casos limaron bordes y cortaron alas, y en otros, pintaron colores o alentaron pasiones.

A Chorus Line es ideal para los que aman el teatro -y el teatro dentro del teatro.

G.G.Biondo – Para Red Teatral

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