Un acto de fe

Por más de una razón, el estreno de una nueva versión de esta obra del off-Broadway se carga de una energía diferente. Si Te quiero, sos perfecto, cambiá es, en esencia, la crónica de un viaje tan universal e intimista como el del amor por la vida de uno, todos, y cualquiera de nosotros, en este principio del después del año que vivimos en suspenso, el musical suma un testimonio más. Al de la apuesta eterna al amor, a pesar de todo lo que sabemos y lo que no, el de ese recobrado momento mágico en que se vuelven a encender las luces apagadas hace tanto tiempo y, frente a frente, actores y público, los dos protagonistas de ese fenómeno ancestral que es el teatro, recuperamos esa relación intangible de comunión que se da sin guión ni ensayo. El de ese acto de fe, que en estos tiempos de incertidumbre y zozobra, vale doble. Y una celebración aparte. 

 

Con historia previa en Buenos Aires, la pieza de Joe DiPietro y música de Jimmy Roberts estrenada en 1996 recorre en una serie de viñetas su tema central, el amor y las relaciones a lo largo de la vida, usando una combinación de humor e ironía, reflexión y superficialidad. Ricky Pashkus, director general y responsable de esta puesta en castellano, respeta ese espíritu juguetón de la original, desde la deconstrucción inicial del Génesis en tono entre masónico y sexista bíblica hasta el poderoso diálogo en el funeral del cierre, uno de los puntos más altos, pasando por la cena de la revelación entre parejas, la de los padres y la del hijo, en la que más que compartir novedades entablan un combate de expectativas. Ambiciosa y circular, la colección de escenas procura recorrer el ciclo de la vida amorosa de cualquier mortal, como podrá constatar cualquier espectador que, sin duda, no tardará en encontrar no uno sino varios puntos de contacto con lo que les pasa, lo que sienten, lo que dicen los protagonistas. Eso demuestra que es verdad que el amor y sus vericuetos no tienen tiempo ni patria. Ahora bien, también es cierto que algunos detalles contextuales, algunos rincones de las relaciones inexplorados, el autoanálisis de los personajes, hablan de una pieza que el autor concibió con la aspiración de reflejar la relación entre hombres y mujeres de su época, de su década, sin anticipar tal vez que sería un éxito que se seguiría representando más de 25 años después.

 

Los cuatro actores hacen un gran trabajo sobre el escenario, tanto desde la voz como desde la caracterización, entregando a cada uno de los personajes el toque distintivo de cada retazo de historia. Laura Oliva suma a una presencia potente, un cierto guiño de espontaneidad constante con el público y con la experiencia que cuenta. Flor Otero, dúctil y más que cómoda en la multiplicación de identidades y en el género, se luce muy bien acompañada por Agustín Sullivan, que juega con profesionalismo y detalle  a mimetizarse en los arquetipos y en los vínculos que recrea la obra. Roberto Peloni, histriónico y con la soltura que reclama una pieza como esta, un modelo para armar que, con los mismo altos y bajos de la vida y los amores, intenta representarlos. Un elenco afiatado que desde su performance levanta, acorta, ilumina, acerca, subraya cuando hace falta. Gaspar Scabuzzo en el piano, decidido y ostensible; Valeria Matsuda,más tenue y etérea en el violín, hacen del diálogo con la música en vivo una contribución integradora, que asegura continuidad en el hilo de las escenas, algo desparejas en intensidad y significación, y también durante el trajinar de los actores mientras recrean la escenografía de cada escena. 

Como decíamos, un placer retomar el hábito de disfrutar que nos cuenten -y canten- historias en vivo. Y para los que están del otro lado, el de contarlas y cantarlas. Buena idea empezar con Te quiero, sos perfecto, cambiá. 

 

G.G. BIONDO – Para Red Teatral

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