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LA POESÍA DE LO IMPOSIBLE




Crítica a El Fantasma de la ópera (Madrid)


- Más de 50 premios importantes de teatro, incluyendo 3 Premios Olivier (Londres, 1986 y 2002) y 7 Premios Tony (EE. UU., 1988)
- Más de 7.500 representaciones en Broadway hasta la fecha
- Representado en más de 20 países
- Más de 80 millones de espectadores en todo el mundo

Es imposible ignorar los datos. “El Fantasma de la Ópera” es sin lugar a dudas, uno de los musicales más exitosos que existen.

La idea de hacer un musical sobre “El Fantasma de la Ópera” surgió de los genios Cameron Mackintosh y Andrew Lloyd Webber que, además de ser colaboradores, eran amigos. Para llevar a cabo el proyecto, se empaparon bien de los argumentos de las películas que había sobre el tema, de sus personajes… Pero no quedaron especialmente satisfechos, por lo que decidieron recurrir directamente al libro original escrito por Gaston Leroux. A partir de una serie de conversaciones entre autor y productor, “El Fantasma de la Ópera” empezó a rodar: viajes a París para pisar los escenarios de la historia, búsqueda de un letrista (honor que recayó en Charles Hart), composición de la partitura... Un dato curioso es que el primer tribunal que juzgó si “El Fantasma de la Ópera” debía seguir adelante y triunfar fue la familia de Andrew Lloyd Webber en un cumpleaños del músico, en el que éste interpretó al piano toda la partitura (con efectos especiales) para ver sus reacciones. Ni que decir tiene que fue un auténtico éxito.

Después de recorrer medio mundo, “El Fantasma de la Ópera” llegó por fin a Madrid el 4 de septiembre de 2002, con una puesta en escena sin precedentes y un reparto escogidísimo mediante horas y horas de duros cástings. Al final los elegidos para dar vida al Fantasma, Christine y Raoul fueron Luis Amando (actor que cumplía ya diez años dentro de la profesión pese a tener únicamente 32 años), Felicidad Farag (nueva en el mundo del musical, pero una veterana en el de la zarzuela y la ópera) y Armando Pita (ya por aquellos días un gran profesional que había participado prácticamente en todas las ramas relacionadas con el canto y la actuación). Los tres destacaban especialmente en sus papeles, lo que les valió muy buenas críticas por parte de la prensa y del público: Luis Amando llenaba cada noche el teatro con su voz y su presencia, tanto si el Fantasma estaba en escena como si no, pues su tono firme y el trágico acento que imprimía a sus canciones eran capaces de fundirse con el ambiente oscuro que reinaba en cada rincón; Felicidad Farag superó todas las expectativas, mostrando una Christine tierna e inocente, pero quizás demasiado ñoña, pequeño desperfecto que corrigió la joven Teresa Barrientos al sustituir a Felicidad Farag en el papel cuando ésta abandonó la producción; Armando Pita no fue menos e interpretó un Raoul de voz dulce y poderosa bastante carismático, aunque tal vez un poco afectado. Alrededor de los tres actores principales se movía una cantidad considerable de estrellas que brillaban cada una en su papel de forma especial, como los grandísimos David Venancio Muro y Enrique del Portal (como Monsieur Firmin y Monsieur André), absolutamente geniales y que, sin duda, constituían uno de los reclamos más llamativos de la obra; Àngels Jiménez como la estricta pero maternal profesora de baile Madame Giry, o los alternantes del Fantasma y Christine, Juan Carlos Barona y Julia Möller (quienes dos años más tarde serían elegidos para doblar al castellano la versión cinematográfica del musical).

La música, canciones e historia de la obra resonaban ya en los oídos de casi todo el mundo incluso antes de que “El Fantasma de la Ópera” llegase a España de forma oficial: a la mayoría de la gente sólo le hacía falta verlas representadas. Las espléndidas sintonías y letras creadas por Andrew Lloyd Webber, Stilgoe y Hart se ajustaban sin costuras a la leyenda de Leroux, a la fascinante historia del genio de la música que se veía obligado a cubrir su cara deforme con una máscara y que estaba perdidamente enamorado de una joven cantante de ópera. Aunque todo el musical es absolutamente increíble en cuanto a puesta en escena, cabe destacar aquélla en la que llegan Christine y el Fantasma a la guarida de éste, mientras cantan la canción principal de la obra, por la cantidad de trabajo que conlleva y el maravilloso efecto que produce en el espectador.

La adaptación de la que disfrutamos en Madrid era una copia exacta de la que se representaba en el West End londinense, desde los vestuarios y escenarios hasta prácticamente los movimientos escénicos de los actores, que estaban medidos al milímetro para que tanto las luces como los efectos especiales pudieran funcionar a la perfección. Los vestuarios eran una maravilla en cuanto a la riqueza cromática y el preciosismo: algunas escenas, como la de ‘Carnaval’ (‘Masquerade’), y las de las representaciones de las óperas ‘Hannibal’, ‘Il Muto’ o ‘Don Juan Triunfante’ (‘Don Juan Triumphant’), dejaban boquiabiertos a los espectadores. Combinados con la grandiosidad de los escenarios y decorados (palmeras, un elefante móvil, telones de todas las formas y colores, escaleras de mármol, ángeles dorados, una lámpara de dimensiones considerables decorada con cristales, la guarida del Fantasma llena de velas que salían del suelo, una cama con dosel…), y la genialidad de los cambios de escenario (el paso de la subasta a la representación de ‘Hannibal’, la transición entre la canción de Christine en el cementerio y la función de ‘Don Juan Triunfante’, etc.), la mayoría de las escenas se convertían en un verdadero regalo para la vista.

En cuanto a los efectos especiales, muchos dirán que, incluso en el teatro, ya lo hemos visto todo. Pero los efectos que se desarrollan en “El Fantasma de la Ópera” no sólo supusieron un avance impresionante en 1986 (año en el que se estrenó el musical), sino que hoy día siguen sorprendiendo a todo tipo de públicos. Ha quedado comprobado que esto no se debe únicamente a los conocimientos desplegados por los diseñadores en algunos de ellos, sino a que hay muchos que son tan sencillamente inocentes que resultan estupendos: la aparición del Fantasma, mediante un cambio de luces, en el espejo en el que se está mirando Christine; la caída de la gigantesca lámpara sobre el escenario; las velas saliendo del lago y encendiéndose en contacto con el aire o la asombrosa facilidad del Fantasma para estar prácticamente en dos sitios a la vez contribuyen a que el espectáculo sea de una vistosidad inigualable.

“El Fantasma de la Ópera” es un musical que no se puede ver sólo una vez. En el momento en que se entra en su mundo de tinieblas y sueños rotos, uno queda absorbido por la realidad fascinante que lo rodea, que lo envuelve hasta anular sus sentidos y lo subyuga a la voluntad del monstruo (¿o genio?) que se esconde tras las sombras. Después de “El Fantasma de la Ópera” no hay un dulce despertar, sino un dulce seguir durmiendo entre los sones de su música. Yo que ustedes, me lo pensaría antes de entrar…

Esmeralda López Muñoz


LO MEJOR
- La música
- Las canciones de ‘La Música de la Noche’ (‘Music of the Night’) y ‘El Fantasma de la Ópera’ (‘The Phantom of the Opera’)
- El personaje del Fantasma
- La puesta en escena
- Los cambios de escenario
- Los efectos especiales
- La historia

LO PEOR
- Llegar a quedarse tan absorto con la historia del Fantasma que las escenas en las que no aparece nos resulten aburridas.
- Que se acabe
- La traducción de la letra de algunas canciones


Calificación: 5/5 ABSOLUTAMENTE IMPRESCINDIBLE

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