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PERSONAJES CLAVE DE LOS MUSICALES




Un repaso a los grandes personajes de la Historia del Musical


Es innegable que, toda historia que se cuenta, lleva aparejados unos personajes, unos pilares básicos que mueven la acción y desarrollan el argumento. No es fácil crear un personaje creíble, pues es necesario atender a un sinfín de premisas y directrices para poder formar una personalidad realista o que, en su defecto, no suponga un reto de comprensión abstracta para la inteligencia. Normalmente las grandes historias se nutren de personajes extraordinarios, ya sean protagonistas, antagonistas o secundarios; a su vez, unos personajes increíbles pueden ser capaces de dignificar cualquier historia.

Si tuviera que contestar a la pregunta de “¿qué es lo que realmente hace grande a un personaje?”, sinceramente, no sabría qué responder. No cabe duda de que una personalidad fuerte, un pasado bien cimentado y unos sentimientos sólidamente construidos, ayudan mucho a darnos una imagen consistente de un personaje, por ejemplo, pero seguro que hay algo más, una apreciación subjetiva por parte de todos nosotros, quizás, algo dentro del personaje que queda reflejado tan sólo en un matiz, una situación concreta, un momento determinado o una opinión.

Los grandes personajes de la historia del musical han sido sacados generalmente del mundo de la literatura, de sus novelas, poemas o crónicas, siempre llenas de figuras heroicas, sufridoras, vencedoras y vencidas. Durante décadas, los musicales han bebido directamente de estas fuentes creadoras de personajes para basar y construir los suyos, y así, han obtenido resultados maravillosos y protagonistas inolvidables que ya forman parte del imaginario colectivo. Voy a hablarles de unos personajes que, para mí, son los más grandes del mundo musical, unos personajes que, cuando todo se va, quedan en la memoria, que no se marchitan ni se caducan, que cuando las historian pasan, permanecen incólumes.

Empecemos con el Fantasma (“El Fantasma de la Ópera”). La única palabra que puedo utilizar para describirlo es FASCINANTE. Enamorado, oculto, prohibido, expresa mediante las notas de su música los latidos de su corazón. Nos encontramos con un misterioso personaje vestido a la usanza de finales del XIX, portador de una máscara blanca que oculta parte de su rostro, poseedor de unos ojos desarmantes e insondables, que tiende hacia todos nosotros esa mano que invita a ir hacia el abismo, hacia las profundidades de su alma torturada y genial. Su presentación en escena podría ser la más espectacular que he visto sobre un escenario: a través de un espejo, nimbado por un halo enigmático que acaba por envolver también al espectador.

Siguiendo con otro musical de Andrew Lloyd Webber, me detengo en Judas (“Jesucristo Superstar”). Podríamos decir que Judas es el antagonista de la historia que se cuenta, si consideramos a Jesús el protagonista. Hay quien ha dicho que la verdadera alma del argumento de este musical llamado “Jesucristo Superstar” es ese apóstol llamado Judas, por lo que podemos deducir que estamos ante un personaje fuera de lo común. Judas es una figura cuya personalidad ha salido fortalecida y favorecida en relación con la original: encontramos a un hombre apasionado, que lucha por un ideal y contra la tiranía, y que ve colmadas sus esperanzas de apoyo cuando Jesús aparece en su vida con un grupo de jóvenes idealistas bajo sus faldas. Sin embargo, el pobre Judas se lleva una decepción enorme, pues Jesús no cumple sus expectativas. Por ello, saca lo peor de su naturaleza humana y lleva a cabo una serie de actos despreciables que, al final, decide expiar con un suicidio. Quizás hayamos estado durante años ante uno de los primeros grandes personajes románticos de la historia sin saberlo…

Por último, quisiera destacar a un trío de estrellas que emerge directamente de la imaginación del genial Víctor Hugo: Éponine, Javert, y Jean Valjean (“Los Miserables”), tres figuras sin parangón, llenas de matices, recovecos y pasiones que hacen de ellos, tres de los personajes más grandes jamás creados. La joven Éponine es el reflejo de esa adolescencia en ebullición que se ve mezclada con una existencia miserable y cruel; sufre un amor no correspondido y, aun así, es la personificación de aquéllos que darían la vida por ese amor y llevarían sus sentimientos hasta las últimas consecuencias. Por su parte, Javert, a pesar de lo que muchos puedan pensar y como alguien me dijo una vez, “no es malo, sólo es un hombre equivocado”; es el inflexible policía obcecado por un deber que debe cumplir, que no deja paso a los sentimientos y que controla hasta el más mínimo de sus impulsos, pero que, sin embargo, al final demuestra que dentro de todos nosotros, hasta de aquéllos cuya fría fachada de piedra no presenta ventanas, late un corazón. Por último, Valjean es la demostración de que el Bien existe y puede triunfar, de que el cambio es posible, y de que nunca debemos perder la confianza en las personas; cruza la oscura línea que separa una vida sórdida de convicto y la de un ángel de la guarda con alas de plata.

Que me perdonen todos aquellos personajes que, siendo, no están. Sería imposible nombrarlos a todos, honrarlos a todos en un reportaje como éste. Para hacerles justicia necesitaría cientos de páginas, miles de líneas e infinitas palabras: merecerían un estudio en una tesis doctoral. Sin embargo, creo haber hecho bien al elegir a los cinco personajes que dan vida a este artículo, pues ellos fueron los que marcaron un antes y un después en mi forma de entender la grandeza de un personaje. Ellos siempre se mantendrán intocables en el mundo efímero que los rodea, y como ha ocurrido a lo largo de los años, desde que fueron concebidos y vieron la luz, su fama les hará seguir aquí cuando nosotros no estemos, y continuarán contando sus historias a todos aquéllos que se acerquen a escucharlas por los siglos de los siglos.


Esmeralda López Muñoz

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