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SANGRE: INNOVACIÓN OCULTA




Crítica al nuevo espectáculo de Rojas y Rodríguez


El nuevo espectáculo de los artistas Ángel Rojas y Carlos Rodríguez, “Sangre”, según sus mismos autores, busca mezclar modernidad y tradición; novedades con el estilo de siempre, para dejar de ser una pieza puramente flamenca y pasar a ser algo más, todo un número de ballet moderno y de nueva ornada.

Sinceramente, a la hora de la puesta en escena todo esto queda diluido, escondido tras una pura y llana sucesión de palos flamencos, a los que no se da ningún tipo de unión ni hay un nexo común, se mire por donde se mire. Carece del montaje que dice tener y toda esa calidad queda al servicio del baile de toda la vida, sin innovaciones ni modernidades, salvo en las luces o quizá alguna pieza más del ausente decorado. Tanto los bailarines, como los trajes, como los pasos de baile, como la música, como el escenario, nos recuerdan al más antiguo flamenco de toda la vida, sin dejar lugar al aprecio de nuevos elementos o notas de diversión. Divertido no es, entre otras cosas porque es muy difícil hacer reír a un público deseoso de reconocer en los artistas-actores escenas jocosas, si únicamente se sirven del baile y la danza dejando de lado la decoración o el texto típico de cualquier libreto argumental.

Cabe decir que es muy complicada la innovación disponiendo solamente de componentes típicos y tópicos del arte de la danza. Es un arte en el que todo está ya más que tocado y resulta enrevesado introducir algo distintivo. Es un número en el que cada coreografía está diseñada por separado, no dispone de ninguna clase de argumento, y eso aclara las diferencias entre números. Esto nos lleva a saber que, simplemente, tenemos que dejarnos llevar por cada uno de los momentos musicales, sin buscar un hilo argumental ni algo que guíe los pasos. Únicamente seguir ese continuo sinsentido que se nos ofrece, así, sin pies ni cabeza.

Es lo más parecido a un conjunto de elementos colocados sin ningún tipo de criterio, sin un orden establecido o la más mínima relación, en los cuales se van cambiando de vestuario, un vestuario lujoso, bonito y discreto, con poca modernidad y poco lugar a la tan mencionada innovación, pero que puede jactarse de ser uno de los puntos fuertes del evento.

Se pierde en un universo de ideas sueltas a las que se puede haber pretendido, sin éxito, dar forma, y poner en relación sin llegar a cuajar. Se puede salvar el solo de Rodríguez, al principio del “show”, de calidad sublime, estilo inigualable y un arte impecable. Con unas contorsiones y unos pasos dignos del mejor y más profesional de los bailarines y que nada tienen que envidiar a los renombrados grandes del flamenco. Y digo flamenco porque es lo que se nos muestra. Aquí hay lugar para todos los tópicos del flamenco expuestos como único propósito de la pieza, aunque nos quieran vender lo contrario, eso de que el flamenco está al servicio de la composición no es lo más correcto, las coreografías son compuestas por el más puro flamenco aunque puedan estar forradas de renovación o intentos de ello, y se haya pretendido darles un nuevo aire.

“Sangre” pone demasiado énfasis en ralentizar gestos, en repetirlos sin que nos demos cuenta. Destaca el contraste del color y del volumen de una floja composición electrónica que se queda a medias en su “quiero y no puedo” llegar a ser algo distinto a lo anterior. Y se aviva con efectos visuales que poco tienen que ver con la modernidad, puesto que responden al universo de iluminación que estamos acostumbrados a ver en este tipo de acontecimientos y como acompañamiento a estas danzas, incluso la tenue luz del momento final, donde podemos apreciar, sin tener mucha cultura de este talento, que se trata de un adiós flamenco.

La ceremonia toma cuerpo al final, cuando construye unas frases de danza para el lucimiento del estupendo plantel del que hace gala, porque eso sí, los bailarines son de lo más prestigioso y arto profesionales, de esos que hacen que el espectáculo se convierta en un cúmulo de arte tomado de partes individuales.
Ángel Rojas, durante todo el espectáculo es una muestra del quiero y no puedo del que siempre está a la zaga de su pareja. Actuando con otras profundidades expresivas diferentes, no introduce novedad alguna en su hacer, y se nutre de todo lo que ya conoce desde los inicios de su carrera y de intentar, sin éxito, imitar a su compañero. No deja hueco a la novedad, que tanto señala, frente a un grupo que se muestra más adaptado que él, y mucho más preparado para adoptar el gusto y la muestra de la danza contemporánea.

En cuanto a la música debo, desde aquí, destacar la actuación totalmente plausible de la voz del espectáculo, María del Mar Fernández, que con ese tono desgarrado y esa fuerza nos evoca al mundo del flamenco en toda su esencia. Tiene también su importancia el compositor de estas partituras, el trío compuesto por Gaspar Rodríguez, Antonio Rey y Daniel Jurado, que consiguen obtener una sucesión de músicas para nada fuera del flamenco, como digo, pero totalmente nuevas, aunque con alguna adaptación.

Es todo un deleite para aquellos amantes del flamenco, no lo dudo, pero no deja comprobar toda esa improvisación y modernidad de la que hace gala y con la que pretende atraer al público más reacio a este tipo de genio.

LO MEJOR:
-el solo de Rodríguez, y todos sus bailes en general
-alguna composición musical
-el vestuario
-el equipo de bailarines y bailarinas
-el uso de la luz

LO PEOR:
-El ingrediente modernista
-La relación entre el nombre y la función

CALIFICACIÓN FINAL: 3/5 RECOMENDABLE

Ana Auñón

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