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SIETE NOVIAS PARA SIETE HERMANOS




Reseña de la película musical, ya leyenda.


Basado en el cuento “The Sabin Women” de Stephen Viniste Benet, inspirado, a su vez, en el relato “El Rapto de las Sabinas” el film cuenta la historia de cómo seis montañeses rudos y mugrientos ven cambiar su vida con la llegada de Molly, la mujer de su hermano mayor. Este cambio no solo afecta a su aspecto si no también a su comportamiento.

Estamos en la época dorada del cine, donde los exteriores no existían y las montañas eran de papel, donde el amor surge mientras ordeñas una vaca y los progenitores obligaban a los novios a casarse apuntándoles con una escopeta por la espalda. Se estrenó en 1953 con un humilde presupuesto, ya que no contaba con el apoyo de la productora, la Metro Goldwyn Mayer, ellos confiaban más en otro musical que se rodaba a la vez: “Brigadom”, pero sorpresas te da la taquilla... Fue la primera película que dirigió en solitario Stanley Donen, quien antes había trabajado en varios musicales con la ayuda de Gene Kelly.

Es una película rodada hace 50 años que conserva su energía y frescura, y que nunca cansa, ni en sus múltiples reposiciones; conserva esa magia especial que hace que los que nunca antes tuvieron el placer de disfrutarla, queden enganchados a su historia y partitura con sonrisa “bobalicona”.Lástima que al ser rodada en Cinemascope pierda tanta calidad al pasarse por televisión, en un cine los amantes de los detalles podríamos ver hasta a los pájaros estamparse contra los cielos de papel.

Conseguir hacer bailar a los protagonistas con una técnica deslumbrante, sin perder masculinidad y contener grades dosis de amor almibarado, sin llegar a ser empalagoso, son sus grandes logros. El ritmo es continuo durante todo el film, nunca quieres apartar la vista de la pantalla. Con canciones como “Bless your beautiful hide”, “When you are in love” o “Lonesome polecat” los leñadores se convierten en bailarines, pero sin bailar, en cantantes, sin cantar y en seres adorables sin pretenderlo. Buscaron a siete hombres, pelirrojos, rudos, fuertes y románticos, ¿qué más se puede pedir? Sin necesidad de escenas de sexo (en realidad no hay más de una docena de besos), la sensualidad traspasa la pantalla; esa era la magia de la época: no se veía nada, todo sucedía dentro de tu cabeza.

Pero hay algo que la hace cojear; apostaron por un reparto prácticamente desconocido y fragmentado. El peso de la producción recaía en Howard Keel y Jane Powell. Él era barítono y ella soprano. El resto de hermanos eran cuatro bailarines, un actor y la revelación: Russ Tamblyn, acróbata. Por eso, en varios momentos del film se aprecia que algunos de los protagonistas anda totalmente perdido, sin saber, siquiera, hacia donde mirar (la escena de la construcción del granero, por ejemplo). En esa escena, en realidad, la “pelea” de gallos entre los hermanos y los del pueblo, tan solo concierne a cinco, pues podemos comprobar cómo el sexto aparece de fondo o en posiciones muy sencillas. En las canciones también se ven puntos flacos, las que interpretan los protagonistas tienen bastante más nivel que las del resto de hermanos. Y al pobre Russ le tienen toda la película saltando y cayendo sin motivo ninguno. Por cierto, ¿sabéis que uno de los hermanos era ruso?

En mi opinión, el poder de la magia que “Siete novias para siete hermanos” desprende en la gran pantalla, me hace pensar que estamos ante uno de esos musicales que siempre será película pero nunca teatro.

Carmen Bena

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