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UN DIOS SALVAJE




Maribel Verdú, Antonio Molero y Aitana Sánchez-Gijón en una obra que no deja indiferente a nadie


De nuevo podemos disfrutar en la cartelera madrileña de un texto de la brillante escritora francesa Yasmina Reza (versionada por Jordi Garcelán), que demuestra su destreza a la hora de utilizar un hecho anecdótico, como puede ser la pelea de dos niños, y convertirlo en un conflicto que trascienda a los implicados directos y logre que sus padres, supuestos abanderados del civismo y los buenos modos, se vean involucrados en una batalla verbal que traerá consecuencias inesperadas para todos los presentes. Desde este planteamiento, el texto es capaz de adentrarse en lo más oculto de cada uno de los personajes consiguiendo que surjan inquietantes dudas sobre la condición humana y las relaciones entre individuos; todo esto sin alejarnos nunca del tono cómico y la sonrisa amarga que ello supone.

La obra se estructura en un único acto, donde los actores hacen gala de su talento durante una hora y media aproximadamente. Maribel Verdú, Pere Ponce, Aitana Sánchez-Gijón y Antonio Molero demuestran su buen hacer y un profundo conocimiento de la profesión, pero se podría destacar el trabajo de la actriz Maribel Verdú (en el papel de Ana) que quizá sea el personaje que tiene un cambio de registro más sorprendente y que, a su vez, simboliza la angustia contenida que finalmente detona para alcanzar un estatus distinto.

El encuentro transcurre en la casa de los padres del niño agredido, donde la escenografía (por cuenta de Ana Garay) es sencilla pero muy vistosa y moderna, compuesta por los elementos estrictamente necesarios, dotados de una funcionalidad clara y precisa; la directora juega con contrastes entre objetos, tanto aquellos que se oponen entre sí, como los que simplemente muestran una dualidad en ocasiones incompatible. Éstos son los ingredientes de los que se sirve la autora para alcanzar el conflicto entre matrimonios e individuos, y que tardará poco en estallar.

La dirección de Tazmin Towsend deja que las palabras broten sin pretenciosas maniobras y acompaña silenciosamente, pero con identidad, a la inteción última del texto, que busca la revelación de los comportamientos sociales y las reacciones individuales ante los enfrentamientos.

En conjunto es un trabajo con un buen resultado, cuyo trampolín es un texto inteligente y lleno de modernidad, que además consigue arrancar la sonrisa al espectador envolviéndolo con su comicidad y cercanía, bien arropado, además, por los divertidos hallazgos de los cuatro populares actores.

Silvia López

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