Una elegía suburbana -o casi

Todo empezó en un taller, con un sketch de diez minutos sobre el impacto de la terapia de electroshock sobre una mujer y su familia. “Feeling Electric” era el título. Brian Yorkey le mostró el ejercicio a Tom Kitt, con quien estaba en el BMI Lehman Engel Musical Theatre Workshop. Kitt le puso música rock. Corría 1998 y desde entonces, entre proyecto y proyecto, ambos revisaban de tanto en tanto aquella idea original de la mujer psicótica sometida a terapias varias hasta que la convirtieron en un musical hecho y derecho, ganador de 3 Premios Tonys después de su estreno en Broadway en 2009 y el Premio Pulitzer de Teatro en 2010. Movieron el foco de la crítica pura y dura a las terapias y el establishment médico, aunque no la abandonaron, y lo pusieron en el dolor de una familia partida por la muerte y la enfermedad, y la forma en que cada uno de sus miembros convive con ambas. Casi Normales cuenta la lucha de Diana, una madre que pierde a su primer hijo cuando era apenas un bebé por una enfermedad que los médicos no supieron detectar porque se entretuvieron con los síntomas. Algo parecido a lo que a ella le está pasando casi dieciocho años después con el tratamiento de su trastorno bipolar. El hijo, imposiblemente adolescente, la tortura en el insomnio y en la vigila con una presencia constante de la que la mujer no puede despegarse porque, incapaz del duelo necesario, tampoco quiere dejarlo ir. Golpeándose contra sus muros emocionales está su marido, Dan, contenedor, paciente y amante que trata de ayudarla de cualquier manera, para protegerse e intentar cerrar con su cura una herida que él tampoco cerró. Y está Natalie, la hija que vendría para restaurar la normalidad a la familia pero sólo logró quedarse fuera de ella a fuerza de intentar cumplir a pie juntillas el rol de la niña perfecta y no causar problemas. Nunca se preguntó por qué le exigían y se exigía tanto. Solo sabía que estaba enojada, furiosa, atrapada en alguien que no era. Casi como su madre. Y revoloteando como quien va a sacudir las estructuras de esa familia disfuncional, está Henry, pretendiente de Nat, que tampoco sabe que, contrariamente a lo que aspira, puede estar a punto de repetir la historia. Una historia intensa, triste, cruenta para un musical que, sin embargo, encuentra en la pulsión del rock la voz desesperada que necesitan sus personajes para abrirse. La música es el músculo que se contrae, se dilata, y hasta se desgarra más de una vez con esas almas que se debaten entre la luz y la oscuridad. La casa, una malla de andamios, es el refugio transparente, seductor, y a la vez magnético y asfixiante, que dejan y al que vuelven una y otra vez los miembros de la familia en busca de la ansiada “normalidad”, esa que arañan de a ratos pero les seguirá siendo esquiva mientras no corten el nudo y escriban cada uno su parte del epitafio.

En su octava temporada, esta historia familiar vuelve a cautivar. La Diana de Laura Conforte una vez más juega con esa duplicidad brutal de un personaje que es tan frágil como demoledor, le pone cuerpo, voz y expresividad, sin esquivar los matices. Como corresponde, Martin Ruiz compone con profesionalidad y convicción la ambivalencia de un hombre desesperado por volver a una normalidad que espera le de la seguridad y la tranquilidad que necesita. Y deja aflorar en el encuentro con el hijo ese amor visceral que su máscara componedora y empática se ocupaba de ocultar. Desde el tono de la piel y la destreza de sus movimientos sigilosos, Guido Balzaretti logra que Gabe sea ese ser evanescente, de ningún lugar, que está y no está, que se corporiza ante la duda, la calidez de un recuerdo, el cansancio impaciente de su madre para que no olvide, para que no se despida. En el contacto, en el abrazo, en la voz, es el Gabe que siempre ofrece, aunque en realidad demanda, atención; el que consume la energía, la voluntad, la sensatez de su madre. Manuela del Campo, la hija invisible, resuelve con solvencia e intensidad el rol del animal olvidado y por eso herido, su voz se clava en el corazón porque nadie la escucha, ni siquiera el obvio Henry que compone con soltura Máximo Meyer. Con todas las mañas y el lenguaje corporal adolescente, su timidez respetuosa y su romanticismo excepcional antagoniza con el perfil de Nat, tanto como su vocación por ay udar, acompañar, compensar. Y si Natalie presiente su paralelismo con Diana, Henry va por el camino de Dan. Bien jugado por Federico Llambí, desde la potencia de su voz y presencia física, el rol del médico, adulto pero joven e innovador, cercano y comprensivo, y al mismo tiempo, lejano y formal, siempre riguroso con las reglas y los protocolos. Ese que no cura pero siempre intenta, ese que recomienda lo que funciona -aunque, obvio, hay excepciones-, ese que transmite seguridad aunque no la tenga. Un elenco poderoso que conoce la obra y su fuerza. La escenografía, abierta en su juego de luces y sombras, es tan relevante al clima de la puesta como los seis músicos en esa suerte de cenit al que alguna vez suben los protagonistas de la obra. Bajo la dirección musical de Hernán Matorra, Vanesa Quarleri, Jorge Caldelari, Federico Fernandez Batmalle, Osvaldo Tabilo Barrios y Javier López del Carril, se hacen uno con calidad y entrega.  

No es casual que Casi normales se haya convertido en una suerte de obra de culto: es un  durísimo ritual liberador, una dolorosa catarsis pública. Pero absolutamente disfrutable.

 

G.G. BIONDO – Para Red Teatral

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